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Monday, 27 January 2014

Primo Levi




Potasio

 
En enero de 1941, la suerte de Europa y del mundo parecía echada. Solamente algún iluso podía pensar todavía que Alemania no iba a ganar la guerra. Los estólidos ingleses «no habían caído en la cuenta de que tenían perdida la partida», y resistían obstinadamente a los bombardeos, pero estaban solos y sufrían sangrientos reveses en todos los frentes. Únicamente quien se hiciera el ciego o el sordo podía abrigar dudas acerca del destino que les esperaba a los judíos en una Europa alemana. Habíamos leído «Los hermanos Oppenheim» de Feuchtwanger, importado clandestinamente de Francia, y un «Libro Blanco» inglés, llegado de Palestina, en el que se describían las «atrocidades nazis»; habíamos creído la mitad, pero ya era bastante. A Italia habían venido a parar muchos huidos de Polonia y de Francia, y habíamos hablado con ellos. No conocían los detalles de la carnicería que se estaba desarrollando bajo un monstruoso velo de silencio, pero cada uno de ellos era un mensajero, como los que acuden a Job para decirle «sólo he quedado vivo para contarlo».

Y sin embargo, si se quería vivir, si se quería sacar algún tipo de partido de la juventud que nos corría por las venas, no quedaba precisamente más recurso que el de la ceguera voluntaria. Al igual que los ingleses, «no caíamos en la cuenta», rechazábamos todas las amenazas, confinándolas al limbo de las cosas no percibidas u olvidadas inmediatamente. También se podía, en abstracto, tirarlo todo y salir huyendo, trasplantarse a algún país lejano, mítico, elegido entre los pocos que seguían manteniendo abiertas sus fronteras, como Madagascar y Honduras Británica; pero para hacer una cosa así hacía falta mucho dinero y una capacidad de iniciativa fabulosa, y tanto yo como mi familia y mis amigos no poseíamos ni uno ni otra. Por otra parte, vistas de cerca y en detalle, las cosas no parecían tampoco tan espantosas. La Italia que nos rodeaba, o mejor dicho Turín y el Piamonte (porque en aquel tiempo se viajaba poco), no nos eran enemigos. El Piamonte era nuestra verdadera patria, aquella en la cual nos reconocíamos. Las montañas que circundaban Turín, visibles en los días claros y a tiro de bicicleta, eran nuestras, insustituibles, y nos habían enseñado el cansancio, el aguante y una cierta sabiduría. En una palabra, nuestras raíces, no poderosas pero sí profundas, dilatadas y fantásticamente entrelazadas, estaban en Turín y el Piamonte.



fragmento de El Sistema Periodico

Friday, 26 January 2007

Auschwitz hace 62 años

"Arbeit macht frei"

Julian Studnicki

tomado de http://www.zwoje-scrolls.com/shoah/art.html

Primo Levi

Los que vivís seguros

En vuestras casas caldeadas

Los que os encontráis, al volver por la tarde,

La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un panecillo

Quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rana invernal

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas a vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.


poema inicial de "si esto es un hombre"

Bronislaw Linke

Una oración de los asesinados
Bronislaw Linke

tomado de http://www.zwoje-scrolls.com/shoah/art.html

Benjamín Fondane

Éxodo

A ti te hablo, hombre de los antípodas. Hablo de hombre a hombre, con lo poco que en mí queda del Hombre, con la poca voz que me resta en la garganta, mi sangre está sobre los caminos. ¡Pueda ella, pueda ella no gritar venganza!

El halalí ha sonado. Los animales son perseguidos: dejadme hablaros con esas mismas palabras que tuvimos en herencia. ¡Pocas quedan inteligibles!

Un día vendrá, es seguro, la sed apaciguada, estaremos más allá del recuerdo. La muerte habrá terminado los trabajos del odio. Seré un ramo de ortigas bajo vuestros pies. Entonces... ¡Pues bien! Sabed que tenía un rostro como vosotros; una boca que rezaba, como vosotros...

He leído, como vosotros, todos los periódicos, los libros, y nada he comprendido en el mundo, Y nada he comprendido en el Hombre, aunque a menudo me haya ocurrido afirmar lo contrario.

Y cuando la muerte, la muerte, haya venido, tal vez haya pretendido saber lo que era; pero verdad, puedo decíroslo en esta hora. Ha entrado toda ella en mis ojos atónitos, asombrados de comprender tan poco. ¿Habéis comprendido mejor que yo?

¡Y, sin embargo, no! Yo no era un hombre como vosotros. No habéis nacido sobre los caminos. Nadie ha echado al albañal vuestros hijos, como gatos todavía sin ojos. No habéis errado de ciudad en ciudad, perseguidos por los policías, no habéis conocido los desastres del alba, los vagones para ganado y el sollozo amargo de la humillación, acusados de un delito que no habíais hecho, del crimen de existir... Cambiando de nombre y de rostro para no llevar un nombre que han increpado... ¡Un rostro que había servido a todo el mundo de escupidera!

…Cuando piséis ese ramo de ortigas que había sido yo en otro siglo, en una historia para vosotros pasada, acordaos solamente de que era inocente Y que, como vosotros, mortales, ese día había tenido, yo también, un rostro marcado por la cólera, por la piedad y la alegría.

Un rostro de hombre... simplemente

filosofo judío francés deportado a Auschwitz