Wednesday, 16 May 2007
Sunday, 13 May 2007
Leonard Cohen
And he stood so tall above me,
Gali Atari & Milk and Honey
Sunday, 6 May 2007
David Broza
SILENCIOS EN TU CONTESTADOR
Pudo ser tan grande, pero no creció.
No tuvimos aquel amigo que nos presentó.
No deshice mi equipaje en tu habitación.
Ni conozco tus paisajes ni vemos el mismo sol.
Esta no es tu canción. No voy a serte fiel.
No comencé el viaje, no lo terminé.
Sólo dejé silencios, en tu contestador,
pero los has borrado…
No grité tu nombre al cielo por eso me escuchó.
Nadie trajo tus noticias ni el aire tu voz.
No hemos visto gaviotas desde el malecón.
Ni nacimos para amarnos, sólo estás en mi canción.
Esta no es tu canción. No voy a serte fiel.
No comencé el viaje, no lo terminé.
Solo dejé silencios, en tu contestador,
pero los has borrado…
Puede que ayer pidiera tiempo muerto
y hoy me estoy muriendo yo.
Sólo pido que por esta noche pueda salir el sol.
Esta no es tu canción. No voy a serte fiel.
No comencé el viaje, no lo terminé.
Sólo dejé silencios, en tu contestador,
pero los has borrado…
Silencios, sólo seré silencios, silencios...
Sunday, 29 April 2007
Monday, 23 April 2007
Richard Beer-Hoffmann
El joven conde de Charolais, que amaba entrañablemente a su padre y está desolado, trata de hacer todo lo posible para que se tributen los últimos honores a su difunto padre. Pero no tiene un centavo y nadie lo ayuda. Los tres acreedores, un molinero, un decorador y un judío, están decididos a conservar el cadáver hasta que la deuda sea saldada, y designan al Rojo Itzik para que los represente en las negociaciones con el joven conde. El judío sabe que los otros dos acreedores quieren que él hable en su nombre para que ellos puedan seguir siendo considerados caballeros, en tanto que él habrá de aparecer como el duro y malvado usurero. A pesar de esto, acepta la designación. Las frases siguientes corresponden al diálogo entre el joven Charolais y el Rojo Itzik. El conde le dice con tono suave al judío:
CHAROLAIS
Los otros han acordado seguirte.
Por eso, todo depende de ti, y aunque eres
judío, eres tan hombre como nosotros, Itzik.
¿Hombre? ¿Como vosotros? ¡Jamás había oído algo igual!
En ningún instante de mi vida me permitieron sentir
Que soy humano. ¿Acaso debo serlo hoy
Porque ello se acomoda a vuestra necesidad
Por los cinco minutos de vuestra conveniencia?
Hoy, me niego.
¡Soy judío! ¿Qué deseáis de un judío?
¡Porque algo pretendéis con vuestra amabilidad!
¡Entrégame el cuerpo de mi padre, entrégamelo!
¡Mi vida depende de ello! ¡Te lo imploro! ¡Oh cree
Que implorar no me resulta fácil, Itzik!
El ordenar es privilegio de condes; el implorar... es mi deber.
Bien, mi señor, dadme mi dinero... ¡Dádmelo!
Mi vida depende de ello. Oh, no digo "Mi vida"
Como lo decís vos, para significar que os duele el alma.
Si yo no tengo un centavo, ¿quién me defenderá
Contra los amos, los tribunales y los condes? Me harían inmolar
Con la conciencia tranquila. Como veis, en mi caso es cierto
Que mi vida depende de ello... sí, mi vida.
....
Quien ruega... y que el cadáver es el de tu padre.
Itzik responde que esto es lo que él ha estado pensando durante todo ese tiempo. Su padre:
No se pudrió en la prisión, eso es cierto.
¡La ciudad donde había nacido le brindó
El más costoso de los funerales!
Aun antes de que amaneciese se pusieron en marcha
Soldados, sociedades, fraternidades, en gran muchedumbre,
Y todo el clero. Era un inmenso honor
Para un simple judío. Su Majestad el Rey
En persona, estaba presente, en esa plaza barrida por el viento,
Con toda su corte... ¡y todo esto por un judío!
Y todas las campanas de todas las iglesias repicaban
A medida que las procesiones desfilaban con sus banderas
Frente a mi padre y hubo solemnes discursos
En latín y en castellano, y durante todo el día
Aguantaron el calor de julio en esa plaza
Sólo en mérito a mi padre. Cuando cayeron las sombras
Y la noche,
(con fingido orgullo)
El rey con su propia mano encendió
Por fin los haces de leña que rodeaban la estaca
A cuyo pie se hallaba mi padre. ¡Y como ni siquiera esto
Fuera homenaje suficiente para él,
Rogaron que se entonaran sus cantos, y también,
Como era judío, y debía ser homenajeado,
Le cantaron nuestros eternos salmos,
Y en su honor alabaron al Señor, nuestro Dios!
(con una sonrisa crispada)
No sé qué vio él de todo esto,
Porque para ese entonces había empezado a arder,
Primero por abajo, y había empezado a gritar,
Y seguía gritando con fuerza, con fuerza terrible,
Mi padre -oh, con tanta fuerza- y mis oídos lo escuchaban:
¡Shemá Israel!
(se seca el sudor de la frente)
¿Todavía deseáis, mi señor,
Que piense en mi padre, para así
apiadarme de vos, porque el cuerpo del vuestro
Se pudre en una mazmorra?
El joven conde responde que el judío nunca podrá entender lo que su padre significaba para él. Pero Itzik, que está cerca de Charolais, le dice con tono muy dulce y confidencial:
¿No podré? No es tan difícil...
¿Y si lo fuera? ¿Creéis que soy tonto?
¡os probaré que lo entiendo!
Queréis significar que no teníais a nadie en el mundo.
Ningún hermano. Nadie. Y no parecéis
Hombre dado a los festines con vino y muchachas,
Y como sois pobre de solemnidad y por ello tenéis poco
Para deleitaros, y también sois bastante adulto
Para comprender...
¿Eh? Dos días atrás
Había en este mundo un ser humano
Para el que no había más esperanza o preocupación
Que la que vos le dabais.
Vos podríais haber hecho con él lo que quisierais,
Sin que esto disminuyera su amor.
habría implorado, y con gusto, por vos.
Tenía una ilusión, una ilusión muy modesta,
Y era que vos vivierais para cerrar sus ojos el día fatal
Y que no tuviera que ser él quien cerrara los vuestros.
Cada noche elevaba una plegaria...
Para que Dios lo dejase morir diez mil muertes
Antes que mal alguno hiriese a su hijo.
Y aunque peregrinéis alrededor de todo el mundo
Y aunque viviereis hasta los cien años...
¡Jamás encontrareis un amor semejante!
Desaparecido para siempre... ¡Ojalá no! ¿Un amigo? Los conocemos.
Y una mujer...
No es más que una mujer. Los hijos...
(ríe amargamente)
Así son nuestros padres, así sienten nuestras madres...
Indudablemente no es distinto entre nuestra gente.
Bien, ¿os he entendido, conde, mi señor?
Algunos de los autores quemados
El Bibliocausto
Cuentan que no hay apenas textos escritos en América porque los misioneros españoles quemaron los libros (que se hacían con la corteza de los árboles) porque creían que eran manuales de hechicería. El Talmud ha sido tantas veces quemado que ha sido justamente llamado “el libro quemado” y eso que en un sentido estricto no es “un” libro. En “El nombre de la rosa” era “la comedia” de Platón la que ardía por la intransigencia de un monje. Dicen también, que un fuego misterioso fue el que acabó con la Biblioteca de Alejandría. La inquisición también quemaba libros, además de a personas, tenía que diversificar. Mao también hizo limpieza con lo de la revolución cultural, y las dictaduras del cono sur hicieron lo propio.
Pero si hay una quema de libros que asombró al mundo por su violencia, por su magnitud, fue la que llevó a aquella noche del 10 de mayo de 1933.
Sigmund Freud dijo en su momento, al enterarse de la quema de sus libros, con sarcasmo “la humanidad progresa en la Edad Media me habrían quemado pero hoy se conforman con quemar mis libros.” Por desgracia se equivocó, los nazis pretendieron quemarle a él también, pero por suerte se salvó. Era demasiado famoso como para que su asesinato hubiese podido pasar desapercibido, y tuvo que escribir aquella famosa nota de descargo sobre la GESTAPO: “yo le recomendaría la GESTAPO a cualquiera”.
La realidad de lo que acabó pasando en Alemania le dio la razón a aquel Heinrich Heine que dijo “Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres” Heine se habría reído mucho, habría disfrutado con la ironía, el régimen nazi encontró tan, pero tan alemán, germánico, ario su poema “Lorelei”, que se lo apropió como suyo y olvidó que su autor no era otro que el judío hasta la médula, Heinrich.
Wednesday, 18 April 2007
Saturday, 14 April 2007
Wednesday, 4 April 2007
Jana Szenes
Bienaventurada…
¡Bienaventurada la cerilla que ardió y encendió llamaradas,
Bienaventurada la llamarada que ardió en lo recóndito de los corazones,
Bienaventurados los corazones que supieron cesar con honor,
Bienaventurada la cerilla que ardió y encendió llamaradas!
Jana Szenes fue espía, fue soldado, fue agricultora, fue escritora, fue pionera, fue mártir,… y todo eso con menos de 24 años. Jana Szenes había llegado a Eretz para construirse una nueva vida junto a su familia huyendo del antisemitismo en Hungria, pero la guerra lo cambió todo.
Se alistó como voluntaria en el cuerpo de paracaidistas británico y fue lanzada tras las líneas enemigas, en Italia, y luchó con la resistencia en Yugoslavia. Traicionada, acabó en manos de los nazis que la torturaron durante cinco meses hasta que acabaron asesinándola.
Dejó tras de sí cartas, obras de teatro, poesías, un pálido reflejo de lo que pudo haber sido, pero que se acabó demasiado pronto.











